San José, esposo y padre. Testigo y testimonio de amor y de fe.

Celebra la Iglesia en este mes de marzo el día de San José y que importante es no desaprovechar esta oportunidad para contemplar el misterio del amor, encarnado en las virtudes de San José, el varón prudente y justo y esposo de María, Virgen y Madre, y padre putativo del Hijo de Dios, Jesucristo.

Profundizar en San José sorprende, todo parece nuevo, como nueva es la manera como el Señor sigue revelándose en el corazón del hombre. Pensar en él nos hace fijar la mirada en la familia, en la Virgen María y el Niño Jesús, leemos en Amoris Laetitia “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo la esencia de la familia que es el amor.”

Cuánto se envuelve en este misterio mientras toda la creación a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora (Rm 8,22), y la Iglesia toda pide por las familias centradas en Jesucristo; vivas, caminantes, sufrientes, doloridas, crucificadas pero enamoradas y unidas. Unidas, luchando hombro a hombro, asumiendo retos, enfrentando novedades y múltiples transformaciones sociopolíticas que amenazan con destruirlas. Es atacado el germen, la vida, la matriz donde es gestada hasta generar, sutilmente, un acostumbramiento a las vivencias del mal cuando hemos sido creados para el bien.

Aparece hoy muy lesionada la familia como fuente de vida y de amor, por unos y otros, que por ignorancia o por soberbia fruto del desamor del pecado, amenazan con destruirla. Y aún así, San José está mas vivo que nunca y silenciosamente continúa esta batalla en la que, a pesar de los siglos, sigue custodiando a la Madre, a su Hijo y en ellos a toda la Iglesia. La vida de San José y la Santísima Virgen María ponen de manifiesto cómo “Los esposos, «en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión, para que puedan hacer visible, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella». Dios, se “refleja” en ellos e imprime los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor.”[1]

Hablar de San José interpela, en su silencio, su esfuerzo para sacar adelante la familia no solo llevando el sustento diario a su hogar, sino en su paciencia, en su prudencia, en su humildad, en su mansedumbre, en su contemplación para escuchar la voluntad de Dios. Cuántas virtudes aparecen en él: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios; todos dones del Espíritu Santo. Y sabemos que todo lo que es regado por la Palabra de Dios da los frutos de Dios. Es el ejercicio natural de la creación que habla del amor porque Dios es Amor. Y Dios comparte al hombre y a la mujer el don de la creación a través de su unidad y su fecundidad.

El Señor nos habla a través de San José, como lo hace una y mil veces sin cansarse de nosotros para rescatarnos y revelarnos su amor; para que lo acojamos, lo aceptemos y no nos resistamos más a Él. San José que un día lo llevo de su mano y lo protegió, lo acompañó, lo guió, le enseñó, hoy sigue haciendo esa misma labor por toda la Iglesia. Nada distinto a los frutos de San José puede darse en un hogar donde está cimentado con la presencia de Dios.

Grande es todo el misterio de la Encarnación que aunque es depositado en el Arca, María, Virgen y Madre, se revela tanto en ella como en San José; un hombre y una mujer, en comunión de vida y de amor, que albergaron la Nueva Alianza, Jesucristo, dado a través de ellos para toda la humanidad como muestra indeleble del amor de Dios con el ser humano. Y grande es la invitación que nos hace la Familia de Nazaret frente a la virginidad, para albergar a Jesús en nuestro corazón. La Iglesia nos invita a mirar a San José, y a través de su ejemplo, a su Familia para que como ellos seamos familia entre familias, comunidades vivas, viviendo en la comunión de Cristo. Señor estamos en tus manos, creemos, confiamos y esperamos en ti.

[1] Amoris Laetitia. Marzo 19 de 2016

 

Marcela Zuluaga